viernes, 27 de mayo de 2016


LA LEYENDA DE LA CIGARRERA

Enfrente del Parterre el Palacio de Justicia de Valencia se alzaba majestuoso en medio de la ciudad moderna que lo rodeaba. El sol se había retirado de la fachada principal oscureciendo un poco más la piedra restaurada que comenzaba de nuevo a coger la pátina del tiempo.
El magistrado se fijó en las rejas de hierro que impedían el acceso al edificio a través de las ventanas. Fuertes barrotes que se convirtieron en su día en una trampa mortal para muchas mujeres, según contaba la historia, pensó acordándose de la leyenda que circulaba desde hacía años por la casa. Aseguran que al caer la tarde, cuando el edificio está totalmente vacío, se oye el tintineo de una campanita de las que se utilizan en los juicios que se celebran durante el día en las salas de vistas.
Cuando llegó a su despacho se dispuso a mirar los papeles que tenía en la mesa. Pero no podía concentrarse. Apoyó la cabeza en el sillón y cerró los ojos.

Era casi de noche, Manuela se levantó al amanecer como todos los días porque tenía que ir a trabajar a la fábrica de tabacos de la ciudad. Su padre que, temprano, iba al mercado a vender lo que sacaba de la huerta, la llevaba porque no le gustaba que su hija fuera sola con su nieto al brazo por los caminos de la huerta tan solitarios a esas horas del día.
Paró el carro delante del Asilo de Lactancia que estaba situado justo a espaldas de la fábrica de tabacos y Manuela se bajó para dejar a su hijo al cuidado de las monjas mientras ella trabajaba.
Tenía por delante muchas horas haciendo cigarros habanos; el trabajo era duro por la cantidad de horas que pasaban allí. Sin darse cuenta lo hacía de forma mecánica dentro de esa monotonía que da el hacer siempre lo mismo y a un determinado ritmo. Ritmo acelerado porque trabajaban a destajo
La mañana transcurrió sin altibajos. A las doce se hizo el descanso para comer como todos los días. Manuela prefería apartarse del bullicio que armaban sus compañeras para acabar antes.
Salió deprisa hacia el Asilo de Lactancia y, tras alimentar a su hijo, volvió a su mesa a seguir modelando con sus dedos finos los puros que ya tenían fama en toda la fábrica de ser perfectos. Al cabo del rato todas habían vuelto a su trabajo y volvía a oírse el sonido de las tijeras, el ruido de las hojas secas del tabaco, algunos suspiros. Sonidos de personas que, en silencio, trabajaban concentradas en lo que estaban haciendo. O en sus pensamientos.
De pronto le pareció que olía a quemado, pero no le dio importancia, la fábrica de electricidad que había enfrente habitualmente soltaba chispas y el olor se colaba a través de las ventanas.
Pero ese día olía más, y había humo. Comenzaron a oírse toses. Manuela notó que le lloraban los ojos. Todas dejaron lo que estaban haciendo y se hicieron corrillos comentando asustadas lo que estaba pasando. Se oían las voces de las capatazas llamándolas para que siguieran trabajando. Pero era inútil, el pánico había cundido y todas querían salir del taller.
- ¡Mi hijo! –gritó de repente Manuela pensando si acaso en el Asilo de Lactancia no estaría sucediendo lo mismo por la cercanía del edificio.
Se imaginó a su hijo envuelto en humo, boqueando para coger aire con ese instinto de supervivencia que todos tenemos desde que nacemos, y su imagen la hizo arrancar a correr para ir a rescatarlo.
Pero cuando salió al patio vio que estaba atiborrado de mujeres. Que de la escalera de piedra se veía bajar a cientos de ellas como si fuera una marea humana desbocada. Y que de todas las puertas de la planta baja salían a empujones; sólo se oían gritos de: ¡Fuego! ¡Fuego! Y cada vez que se oía esa palabra, la multitud se apretujaba más y más. Muchas de ellas caían al suelo que las demás, en su afán de salir de allí, pisoteaban sin mirar más que por su propia supervivencia.
El portón se quedó pequeño por la cantidad de gente que salía de allí, como si el hueco expulsara bocanadas humanas, personas histéricas con el pánico reflejado en sus rostros que sólo querían salvar sus vidas.
Manuela intentó salir por esa puerta que tenía tan cerca pero que en ese momento veía tan lejos. Se metió entre la marea humana, pero fue tal el empuje que cayó al suelo. Intentó levantarse pero no pudo. Notaba los pies de sus compañeras que le pateaban el cuerpo y la cabeza, oyó el crujir de sus costillas y que de repente un dolor agudo le atravesaba el pecho. Intentaba llamarlo: ¡Hijo! ¡Hijo! Gritaba levantando los brazos como queriéndolo coger. Pero nadie la oía. Sólo un reguero de sangre salía de su boca.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que se había quedado dormido. Estaba desorientado, casi no sabía dónde estaba. Miró su mesa como si no la reconociera, hasta que poco a poco volvió a la realidad. Pero el sueño tan vívido que había tenido le dejó una pena profunda que no supo metabolizar. Decidió irse a casa porque no podía trabajar. Se levantó y salió al pasillo.
De repente la oyó. El sonido salía de una de las Salas de Vistas. Se dirigió hacia ella. No tenía miedo. La campana seguía sonando, cada vez la oía con más claridad. Empujó la puerta con suavidad y dejó de oírla. La cerró. La volvió a oír. Y volvió a abrirla. De nuevo cesó el sonido. Y decidió abrirla de par en par.
De repente sintió que una especie de brisa le envolvía, y que una sensación de miedo y de angustia le atenazaba la garganta. Pero también de esperanza. Cerró la puerta con respeto. Se imaginó quién era.
Sí. Era Manuela, la cigarrera de su sueño llamando a su hijo.
Y lloró.




miércoles, 4 de diciembre de 2013




OS VOY A CONTAR UN CUENTO PARA QUE LOS NIÑOS ENTENDÁIS
LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA




PRÓLOGO PARA LOS NIÑOS

Un año más estamos en puertas de celebrar el día de la Constitución y, aunque hay publicado un cuento que escribí sobre el tema, que podéis adquirir en librerías especializadas, titulado EL MUNDO MÁGICO DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA, he pensado que quizá muchos de vosotros estéis buscando sitios en Internet donde os hablen de la Constitución de forma que la entendáis. Seguro que os han encargado algún trabajo en el cole y lo habéis dejado para el último momento como hacía yo cuando era pequeña y no llegáis a tiempo de comprarlo. Así que he pensado: ¿Por qué no les escribo un cuento corto, y lo pongo en el Blog? Aquí lo tenéis,  espero que os guste, cuenta las aventuras de una niña y dos niños en un lugar diferente a éste, leedlo y veréis cómo os gusta. Ah, y recordad lo más importante: tenéis que ser unos niños buenos y educados, y debéis utilizar vuestra libertad siempre desde la igualdad y el respeto, lo dice la Constitución...


* * * * * *
                                                                
                                
Todo empezó un claro día de primavera en una pequeña aldea perdida en las montañas que nadie hasta ahora ha sabido encontrar.
Carlos había salido de su casa como todas las mañanas para ir al colegio. Iba él sólo porque estaba muy cerca de su casa. No hacía falta que le acompañaran porque allí se conocían todos, era como una inmensa familia donde todos se preocupaban por todos y nunca pasaba nada extraordinario.
Se había puesto una chaqueta de lana porque su madre se empeñó en que lo hiciera. No se podía imaginar que más adelante le sería muy útil.
- Adiós, mamá –se despidió de ella dándole un beso como todas las mañanas.
- No te vayas así que el aire de la mañana todavía es fresco, ponte la chaqueta y si luego hace calor, te la quitas, –le dijo haciéndole meter el brazo por la manga.
Carlos obedeció y salió corriendo porque se le estaba haciendo tarde.
Cuando pasó por al lado de una roca muy grande que había en el camino, como siempre, sintió un poco de miedo porque le daba la impresión de que le vigilaba; ese día se dio cuenta de que algo en ella había cambiado. Tenía un brillo especial. Se paró a mirarla, y tan ensimismado estaba contemplándola, que no vio llegar a sus amigos.
Elena y Pablo al ver a Carlos, le preguntaron:
- ¿Que miras con tanta atención?,
- ¡Ah, hola!, -respondió Carlos-, estaba mirando la piedra porque me ha parecido algo más grande que la última vez que la vi...
Los tres se quedaron en silencio observándola.
Pablo de repente se giró hacia Carlos y le preguntó:
- ¿Me has dicho algo?
- No, –le respondió.
Elena también les pregunto a Pablo y a Carlos si habían dicho algo, y fue en ese momento, cuando Pablo también pareció oír como una especie de sonido; los tres miraron de nuevo la gran roca.
-¿Habéis oído ese ruido? –preguntó Carlos a sus amigos.
- Será el viento –le respondió Elena un poco asustada.
- No sé… –contestó pensativo.
 -Desde luego, aquí pasa algo raro...
De repente se escuchó un sonido que parecía una voz. Y se asustaron.
- ¿Qué hacéis mirándome...? –oyeron que decía alguien.
Carlos le dijo a Pablo un poco enfadado:
- Oye, deja de decir tonterías. Si es una broma, más vale que pares.
- No..., no he sido yo...
- Pablo, yo de ti confesaría... –le dijo Elena de broma.
- Que no he sido yo...
- Entonces, si no ha sido ninguno de nosotros, ¿quién ha sido...?
De repente la voz volvió a sonar, pero más fuerte.
- He sido yo.
Se dieron cuenta de que la roca era la que hablaba. Se abrazaron los tres del susto que se dieron.
¡Una roca hablando! ¿Qué estaba pasando?
- Tranquilos amigos...no os voy a hacer nada.
Carlos estaba tan nervioso que sólo atinó a decir:
- ¿Quié...quié...quié...quién eres...?
De repente se dieron cuenta de que la roca tenía ojos y boca.
- Soy Barni...Y habito en este bosque desde hace más de mil años.
- ¿Qué quieres de nosotros...? –preguntó Pablo un poco temeroso.
La roca hizo un sonido extraño, como si fuera un carraspeo, y dijo:
- Mi misión consiste en que el mundo cada vez sea mejor.
- ¿Y cómo lo haces? -preguntó Elena.
Barni contestó:
- Lo sabréis a vuestro debido tiempo. Pero de momento sólo puedo deciros que os tenéis que marchar. Volved cuando acaben las clases del colegio. Entonces os enseñaré algo.
Los tres amigos se quedaron boquiabiertos. ¿Una roca que hablaba? Incluso Pablo se llegó a pellizcar a sí mismo para ver si estaba soñando o era real lo que estaba viviendo.
- Tenéis que marcharos ya o se os hará tarde.
Los tres emprendieron el camino para ir al colegio, pero iban totalmente en silencio. Conforme iban avanzando, se giraban para ver si les seguía mirando, pero Barni volvió a dormirse y volvía a ser una roca normal.
Fue Pablo el que rompió el silencio:
- ¿Qué hacemos?
Ninguno sabía qué decir.
- De momento, ir al colegio como es nuestra obligación –contestó por fin Carlos muy serio y un poco enfurruñado.
El día se les hizo eterno. ¿A quién podía interesarle las arrobas que caben en un celemín cuando justo al lado de tu casa había una gigantesca piedra que hablaba y que además parecía la salvadora del mundo?...
Efectivamente, cuando llegó el final del día y la profesora dejó salir a los chiquillos, los tres amigos se escabulleron de los juegos del resto de la pandilla y se acercaron, no sin cierto temor a la misteriosa roca con nombre propio.
Pablo fue el primero en llegar y se puso a dar vueltas a su alrededor. Caminaba concentrado examinando las vetas de musgo, alguna oquedad, incluso a una lagartija que impávida recorría los vericuetos del aquel ser excepcional. Tocó la piedra, estaba muy caliente, casi quemando. Y vio en ella una especie de círculos que giraban y giraban y giraban. Oyó que sus amigos le llamaban, pero no podía responderles. No le salía la voz, era como si se estuviera metiendo dentro de ese extraño dibujo que daba vueltas sin parar.
De pronto notó como si alguien le empujara y al mismo tiempo creyó estar volando.
- ¡Pablo!, ¡Pablo! –gritaban Carlos y Elena buscando a su amigo que había desaparecido de repente.
- ¡Es imposible que no esté!, aquí apenas hay nada. Ni tan siquiera árboles, –decía Carlos impotente ante la ausencia de su amigo.
En efecto, tan sólo la roca rompía el árido paisaje.
A Carlos le pareció que la roca tomaba vida, era como si un extraño resplandor saliera de ella. Buscó los orificios que por la mañana se convirtieron en los ojos y no los encontró.
- Elena, ¿estás viendo eso? –le preguntó.
- ¿El qué…?
- No sé, es como si la roca se estuviera iluminando…
- Bah, será el sol que se está poniendo y se refleja en ella –le respondió distraída buscando a su amigo.
- ¡Estate quieta y hazme caso! ¿No te das cuenta de que algo está pasando? –le dijo nervioso.
En efecto. El suelo estaba empezando a vibrar. Primero lentamente, apenas era perceptible, y luego, cada vez más fuerte, hasta que las piedrecillas del suelo comenzaron a saltar.
-¡Carlos, mira! –dijo Elena– ¡El suelo se mueve! ¡Mira! ¡Es por la piedra! ¡Está creciendo más todavía!
La roca, que llevaba allí tantos años como el pueblo, siempre había sido igual. Ni la lluvia, ni la nieve, ni el viento habían modificado ni un ápice su aspecto. Sin embargo, de pronto, la roca cada vez se estaba haciendo más y más grande. Al final, el suelo dejó de temblar.
Elena, todavía nerviosa, dijo:
- Carlos, mira, la piedra tiene algo escrito alrededor, y ¡la escritura brilla!
-¡Es cierto! Tendremos que rodearla varias veces para poder leer todo lo que pone. ¿Qué idioma es éste?
Ambos comenzaron a rodear la roca en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Elena acariciaba con temor las letras impresas en la roca. Era incapaz de comprender el significado de aquellos símbolos, y además estaba extrañada por el silencio que mantenía Barni.
Carlos se acercó corriendo a su amiga y cogió su mano apartándola de la piedra:
-¡No la toques! ¿Acaso quieres desaparecer también como Pablo?
-¡Yo quiero volver a ver a mi amigo!
-¡No! ¡No lo hagas! –respondió Carlos–¿Quieres desaparecer?
- ¡¡A un amigo no se le deja!!
- ¡Espera!
Carlos cogió del brazo a Elena, pero el movimiento hizo que éste tropezase con una raíz que sobresalía en el suelo y que cayeran los dos sobre la piedra.
De repente, una luz salió de la roca.
- ¿Qué es eso?
- No lo sé –respondió Elena.
En ese momento, la luz envolvió a ambos. Era una luz tan cegadora que tuvieron que cerrar los ojos.
-¡¡Arghhhhhhh, no veo nadaaaaaa!! ¡¡SOCORROOOOOOOO!! –gritaron los dos al mismo tiempo.
En ese momento hubo una especie de pequeña explosión y ambos desaparecieron.
Mientras tanto, Pablo miraba el misterioso lugar donde se encontraba. Parecía una especie de cueva, estaba muy oscura y no se veía nada. Sacó una pequeña linterna que siempre llevaba encima y la encendió.
Dirigió el haz de luz hacia delante y a lo lejos le pareció ver a sus amigos, y los llamó. Empezó a gritar y a dar saltos para que le vieran.
Elena y Carlos, todavía aturdidos y perdidos en la oscuridad, sin saber dónde estaban, gritaron cuando vieron a Pablo y fueron corriendo hasta él.
- ¡Estamos vivos! –dijo Elena chillando.
- Sí, ¡Menos mal! -replicó Carlos–, pero... ¡No sabemos dónde estamos!
- Es cierto... ¿Dónde estamos?
Los tres empezaron a andar por la cueva dispuestos a explorar. Cuando no llevaban andando ni dos minutos, vieron algo que les resultó familiar.
- ¡Hola! –les dijo alegremente la roca que había aparecido de repente en medio de la cueva, haciendo que por casi chocaran con ella.
- ¿Qué es todo esto, Barni? –le preguntó la niña enfadada poniendo los brazos en jarras dando pataditas en el suelo.
- No te enfades, mujer, digamos que os he traído aquí para enseñaros un mundo diferente. Un lugar donde casi todo es perfecto, y todo gracias a algo muy importante que os vamos a enseñar de una forma muy divertida.
No entendían nada.
- Pero… ¡Estáis muy despistados, niños! Tenéis ahí al lado un bonito parque lleno de toboganes y no os habéis dado ni cuenta… Os dejo que juguéis un rato y luego os contaré más cosas.
Y Barni enmudeció de nuevo convirtiéndose en la fría piedra que en realidad era.
Carlos se animó.
- Vamos a jugar un rato, al fin y al cabo, no podemos hacer otra cosa.
- Tienes razón, por mucho que queramos entender lo que está sucediendo no lo conseguiremos, así que nos divertiremos un poco. ¡¡¡Yuuuujuuuu!!!! –dijo Elena corriendo hacia los toboganes.
Los dos niños le siguieron y cuando llegaron allí no supieron por cuál de todos ellos decidirse.
- ¿Nos tiramos todos desde el mismo? Yo no me fío de todo esto –dijo Pablo desconfiando de lo que estaba viendo.
- Tienes razón. Vamos todos a ese –dijo Carlos señalando uno muy alto que parecía casi dorado.
Cuando estuvieron los tres arriba, gritó Elena:
- ¡Allá vamos!
Y, riendo, se tiraron a la vez.
Ah… Pero el tobogán era más alto de lo que parecía. De repente se convirtió en casi interminable. Los niños gritaban divertidos; cada vez iban más deprisa, hasta que poco a poco fue disminuyendo la velocidad y muy despacio llegaron al final. Uno tras otro fueron cayendo suavemente en el suelo.
De pronto se encontraron sentados en un enorme prado de hierba. Se quedaron un buen rato allí quietos, sentados, pensando qué les habría sucedido. Y de repente notaron que la hierba estaba húmeda y que sus pantalones estaban empezando a mojarse. Se levantaron y miraron el paisaje. Era precioso, los colores parecían distintos a los que ellos conocían, eran más luminosos, más vivos.
Se miraron sin saber qué hacer, adónde dirigirse.
- ¡Mirad, ahí hay un camino! –dijo Carlos señalándolo.
- Pues vamos, todos los caminos conducen a alguna parte –le contestó Elena.
Comenzaron a caminar en silencio, y cuando llevaban un rato andando, notaron que tenían hambre y sed, no sabían cuánto rato había pasado desde que llegaron allí. Oyeron algo y se dieron cuenta de que era el sonido del agua e imaginaron que cerca habría un río. Sabían que el agua no podía estar muy lejos porque habían aparecido tantos árboles que prácticamente impedían que el sol entrara a través de ellos.
Se fijaron y se dieron cuenta de que unos extraños frutos pendían de ellos. Cada árbol era diferente. Y distintos a los que conocían. Se les hizo la boca agua y fueron corriendo hacia ellos. Cada uno cogió uno diferente y empezaron a comer. Estaban deliciosos, eran jugosos y frescos.
- Yo creo que no deberíamos comer más, a ver si nos van a sentar mal… –les  dijo Elena.
- Tienes razón, además, yo estoy tan lleno que parece que me haya comido un toro entero.
- Tenemos que seguir andando si no queremos que se nos haga de noche, –les dijo Pablo.
- Tienes razón, –le contestaron los dos a la vez-. Vamos.
Y volvieron al camino. Al cabo del rato vieron a una persona a lo lejos que caminaba hacia ellos. Conforme se iba acercando vieron que era un hombre de aspecto diferente. Parecía mayor, con barba, su manera de vestir era distinta a la que ellos conocían. Llevaba una especie de túnica que le llegaba a los pies.
- Hola –le dijeron los tres al mismo tiempo.
El hombre se giró hacia ellos y, como si les conociera de toda la vida, les saludó afablemente.
- Hola Carlos, hola Pablo, hola Elena, ¿Cómo estáis?
- ¿Cómo sabes mi nombre? –Preguntaron otra vez todos al mismo tiempo.
- Yo lo sé todo.
- ¿Cómo te llamas? –le preguntó Elena.
- Oneles, me llamo Oneles –le contestó con una misteriosa sonrisa.
- ¿Nos puedes decir dónde estamos?
- Estáis aquí.
Carlos le miró sin saber qué decirle. Era evidente que estaban allí, pero ¿dónde?
- ¿Tenéis hambre? –les preguntó.
- No, acabamos de comernos unos frutos de los árboles que hay junto al río.
- Oneles ¿hay algún pueblo cerca? –le preguntó Pablo.
- Sí. Si seguís el camino todo recto lo encontraréis enseguida, mirad, cuando le deis la vuelta a aquél recodo, veréis la aldea –dijo señalando a lo lejos.
Los tres niños miraron hacia donde Oneles les decía y cuando se giraron para preguntarle si les costaría mucho tiempo llegar, había desaparecido. Gritaron su nombre y dieron mil vueltas buscándole, pero por mucho que gritaron Oneles no volvió a aparecer. Se encogieron de hombros y decidieron hacerle caso. Y comenzaron a caminar.
Después de andar más o menos media hora, vieron casas y casi sin darme cuenta llegaron hasta ellas.
-¡Buenas tardes! –les saludó una alegre mujer que en esos momentos pasó por mi lado.
- Hola, –le contestaron tímidamente.
- Qué simpática… -dijo Elena contenta.
Siguieron caminando y se dieron cuenta de que todos los hombres y mujeres con los que se cruzaron les saludaban con la misma alegría. Parecían muy felices. A lo lejos vieron a Oneles. Y fueron corriendo hasta él.
- Hola, chicos, parece que habéis llegado bien, –les dijo sonriéndoles.
- Sí, pero no sabemos dónde estamos…
- Estáis en un lugar diferente donde todo es distinto.
- ¿Y por qué es distinto?
- Quizá ella os lo pueda explicar, –dijo señalando la bandera que había colgada en la puerta del Ayuntamiento.
- ¿Ella? ¿Una bandera?
Y los tres empezaron a reír.
De pronto la bandera comenzó a moverse como si hiciera mucho viento, tanto se movió que se soltó del mástil y fue a parar a los pies de los niños.
- ¡Hola! ¿Hablabais de mí? –les preguntó plantada delante de ellos.
- ¡Dios mío, nos vamos a volver locos! ¡Ahora es una bandera la que habla, como si no tuviéramos bastante con una roca! –Y Pablo empezó a reír nervioso.
- ¡Soy la bandera española! –dijo orgullosa-. Y me gustaría enseñaros mi mundo, un mundo mágico. Si queréis podéis seguirme y os lo enseñaré.
Y empezó a caminar. Los niños le hicieron caso y la siguieron.
Llegaron a un gran edificio y les invitó a pasar.
- Ohhhhh, qué bonito, –dijeron los tres a la vez.
Entraron y vieron un montón de señores sentados en un una gran sala redonda, que doña bandera les explicó que se llama hemiciclo. Frente a ellos, en una tarima, uno de ellos estaba hablando.
- Es un Diputado. Estamos en una de las cámaras de las Cortes Españolas. Éstas tienen dos cámaras: el Congreso de los Diputados y el Senado y las dos representan al pueblo español, –les contestó doña Bandera.
Y siguió explicándoles:
- Todas las personas mayores de dieciocho años, el día de las elecciones, eligen a esas personas. Y las eligen metiendo un papelito en una especie de caja que tiene una ranura. Esa caja se llama urna. El papelito se llama voto, quienes consiguen más votos son los que gobernarán los próximos cuatro años. Y esas personas se sentarán aquí. -les explicó doña Bandera.
-¿Y qué hacen estas personas aquí sentadas? –preguntó Pablo.
- Pues los Diputados y los Senadores, en este caso, los Diputados, son los que hacen y aprueban las leyes.
- ¿Qué son leyes?
- Las leyes son textos muy importantes porque dicen lo que se puede y no se puede hacer, las que dicen las cosas que tenemos que hacer los ciudadanos para que la convivencia sea fácil, para que haya un orden, porque somos muchos, y, al igual que en casa nuestros padres establecen unas normas y en el colegio son los profesores son los que lo hacen, pues en la sociedad también hay que establecer unas normas.
-¡Uf! Pero hay un montón –dijo Carlos– ¿Cuántos hay? –preguntó curiosa-
- Pues ahora no lo sé exactamente, –dijo frunciendo el ceño doña Bandera-, pero tiene que haber como mínimo 300 y como máximo 400 Diputados.
Elena, a la que no se le escapa nunca un detalle, se fijó en un libro muy grande que había en un atril en un lugar destacado.
- ¡Menudo libro! ¿Qué es ese libro tan grande? –le preguntó señalándolo.
De repente el libro tomó vida y, como si fuera volando, se plantó delante de ellos.
- ¡Hola! Soy la Constitución Española ¿No me conocéis?
Los tres niños se miraron extrañados y le contestaron:
- Pues la verdad, no te conocemos.
- Pues soy un libro muy importante, –les contestó orgullosa y alegre al mismo tiempo–. Gracias a mí, en mi mundo todo funciona bastante bien y los ciudadanos conviven en paz.
- ¿Entonces, tú, ese libro tan importante, eres una Ley?
- Sí, soy una Ley, pero la Ley más importante de todas –les contestó muy seria alzándose majestuosa. Todas las demás leyes han de hacerse de acuerdo con lo que se dice aquí –le contestó dándose unas palmaditas en el pecho.
-Vamos, venid conmigo, que os voy a enseñar algo. Doña Bandera, quede tranquila que me encargo de ellos un ratito.
- ¡Buen viaje! Aquí estaré esperándoos –les dijo ondeando alegremente mientras les decía adiós.
Al mismo tiempo, el libro, al que por arte de magia en esos momentos tenía brazos y manos, ojos y boca, le tendió la mano a Elena y les dijo:
- Cogeos de las manos, que vamos a volar un ratito.
- ¿Volar? Ohhhhhh noooo, que me da miedo –dijo Elena asustada.
Pero aún no había terminado de decir eso cuando se encontró volando por encima de los tejados de la aldea. Los niños pudieron ver que era muy bonita y el vuelo suave les hizo desear seguir volando durante mucho rato. Por eso cuando bajaron de nuevo, se sintieron desilusionados.
- Vamos a entrar aquí, –les dijo la Constitución mostrándoles una ventana que parecía que flotaba en el aire. Asomaos en silencio, niños.
Y en voz muy baja les fue contando:
- Son los miembros del Gobierno. La Constitución les explicó que el Gobierno es el que dirige la política, la Administración y la defensa del estado.
-¡Caramba, cuantas cosas hace! –exclamó Carlos.
-Sí, son muy importantes, son los que tienen que decidir qué hay que hacer en cada momento para que el país funcione mejor, si hay que hacer colegios, hospitales, si hay que proteger a los niños, a los mayores, a los más necesitados, y muchas cosas más.
- El señor que hay en el centro es el Presidente del Gobierno y los que están sentados con él son los Ministros, y les ayudan a gobernar el país, -continuó explicándoles la Constitución.
- ¡Madre mía! ¡Qué interesante es todo esto! ¡Y yo que creía que todo lo hacía el rey! –dijo Pablo.
La Constitución empezó a reírse.
- ¡Pero hombre! ¡Eso era antes! Ahora el rey es el Jefe del Estado, pero gobierna ayudado por los ciudadanos a través de nuestros representantes, que, como os he explicado antes, elegimos con nuestros votos. Ahora el rey tiene otras funciones también muy importantes. El rey tiene el mando de las Fuerzas Armadas y además representa a España ante los demás países, es el que tiene la más alta representación del Estado Español en las relaciones internacionales. Ah, y también firma las leyes, es decir, sanciona las leyes cuando ya han sido aprobadas por las Cortes, que recordad, están integradas por los representantes que elegimos los ciudadanos en las urnas con nuestros votos, –les volvió a repetir para que no se les olvidara–. Todo esto que os acabo de explicar sobre el Rey se le llama monarquía parlamentaria, que no se os olvide ¿eh?
Como vio que los niños estaban empezando a poner cara de aburrimiento les dijo dando saltitos a su alrededor:
- ¡Hala! Vamos a volar un poco otra vez, que creo que os ha gustado mucho, –les dijo la Constitución, ofreciéndoles la mano para que volvieran a cogerse.
Al cabo del rato aterrizaron en la puerta de un edificio enorme que tenía una puerta grandísima con una enorme balanza grabada en su puerta.
¡Menudo susto se llevó Elena! Cuando entraron vieron que había unos señores vestidos de una manera diferente.
- Son jueces, –les dijo en voz baja la Constitución.
También les dijo que no se asustaran, que lo que llevaban puesto eran las togas y que se las ponían sólo cuando tenían que juzgar. También les explicó que el fiscal era el que acusaba y el abogado defensor el que defendía al acusado. Y que formaban parte de los Jueces y Tribunales, los únicos encargados de juzgar a los ciudadanos.
- Este es otro de los poderes que yo regulo: el Poder Judicial, –les explicó la Constitución orgullosa otra vez estirándose mucho como dándose importancia.
Los niños la miraron extrañados. Elena le preguntó:
- Y ¿qué se hace aquí?
- Pues aquí se juzga a las personas que se portan mal y al igual que un profesor castiga a un alumno que no se porta bien en clase, el Juez castiga, después de juzgarlo, a los ciudadanos que no actúan de acuerdo con lo que mandan las leyes. El poder judicial es independiente de todo, los jueces sólo están sometidos al imperio de la ley.
- ¿Al quéeeeeee? –preguntaron los tres a la vez.
La Constitución empezó a reírse al ver las caras de los niños, le dio tanta risa que se cayó al suelo.
- Ay, ¡qué risa! ¡qué risa! –decía–, ¡qué risa!...
Al final tuvo que pedirles ayuda.
- Ayudadme a levantarme, que no puedo –les dijo tronchándose de risa alargando los brazos para que le ayudaran.
Ya repuesta, les explicó.
- Que están sometidos únicamente al imperio de la ley significa que sólo han de hacer caso de las leyes, que han de juzgar de acuerdo con lo que pone en ellas y que no han de hacer caso de nadie ni de nada que no sean las leyes. ¿Así lo entendéis mejor? –les preguntó un poco preocupada.
- ¡Huy, claro! Así es mucho más fácil –le contestó Carlos.
Fue Elena la que dijo poniéndose casi a llorar:
- Me quiero ir a mi casa, tengo hambre y quiero ver a mis padres…
- ¡Pero mujer! ¡Haberlo dicho antes! Vamos de nuevo a buscar a doña Bandera y nos despedimos de ella, ¿quieres? Le dijo acariciándole la cara.
Y sin darle tiempo a contestar, les dijo:
- ¡Cogeos de las manos, niños, que empieza el vuelo!
Y, animados otra vez porque se habían aficionado a ir por los aires, Elena volvió a sonreír.
- ¡Yuuuuujuuuuuuu! –gritaron los tres al mismo tiempo cuando empezaron a subir hacia las nubes.
La Constitución, que era muy lista, aprovechó los últimos minutos que iba a estar con ellos para explicarles:
- Aquí dentro están contenidos todos los derechos, deberes y libertades de los ciudadanos españoles –les dijo señalándose a sí misma.
- ¡Menudo lío! ¿Derechos? ¿Libertades? ¿Deberes? –preguntó Elena casi sin poder hablar porque el viento se le metía por la boca.
- Sí, mujer, si es muy fácil… Mira, tenemos derecho a la libertad, a la igualdad, a expresarnos libremente, a opinar, tenemos derecho a la educación, a elegir libremente dónde queremos vivir y también a circular por todo el territorio nacional; a practicar la religión que queramos, a tener una vivienda digna, a manifestarnos pacíficamente por la calle y un montón de derechos que están escritos aquí, en la Constitución Española. ¡Huy! se me olvidaba el derecho más importante: el derecho a la vida, tened en cuenta que si no hay vida no hay nada –dijo poniéndose muy seria–.
Y continuó explicándoles:
- Pero no os creáis que sólo tenemos Derechos… Los ciudadanos tienen muchas obligaciones, como por ejemplo el deber de trabajar, que también es un derecho, y el deber de pagar impuestos, entre otros.
La Constitución les miró porque no sabía si habrían atendido a lo que les acababa de explicar, pero pensó que se habían portado muy bien y que ya estaba bien de tantas lecciones, temía que Elena volviera a sentirse mal.
Otro día les explicaré que El Defensor del Pueblo es el alto comisionado de las Cortes y que está para que los ciudadanos le cuenten sus quejas. Y les hablaré del Tribunal Constitucional que es donde se juzga a los que no respetan los derechos fundamentales de los demás. Y que los derechos fundamentales son los derechos más importantes de todos, como por ejemplo el Derecho a la vida y unos cuantos más.
Poco a poco fueron divisando las casas de la aldea, y, despacio comenzaron a bajar hasta que suavemente aterrizaron delante del Ayuntamiento donde ondeaban las banderas.
De pronto, la bandera española, con un suave estironcito, se soltó del mástil y voló hasta ellos.
Y otra vez se transformó en un simpático personaje con ojos y boca que les habló.
- Gracias, mi querida Constitución, por traerlos sanos y salvos de nuevo, se les está haciendo tarde para volver a sus casas.
Y la Constitución se despidió de ellos:
- He de dejaros, todavía hay muchos niños que no me conocen y quiero que poco a poco me conozcan todos, y quiero que aprendan a quererme, será la única manera de que cuando sean mayores luchen por mí, para que lo que está escrito en mí sea una realidad. Entonces vuestro mundo será mucho mejor.
Y, acercándose a ellos, les plantó un sonoro beso en las mejillas. Los niños rieron divertidos.
- Mirad, por allí viene Oneles, –les dijo señalando a lo lejos.
Miraron, pero no había nadie. Y la Constitución había desaparecido.
Doña Bandera rió divertida.
- Os ha engañado… Bueno, pues yo también quiero despedirme de vosotros, se os está haciendo tarde. Por aquella calle llegaréis al camino por donde llegasteis desde los toboganes mágicos, allí encontraréis la forma de subir de nuevo a ellos. ¿Me dais un abrazo? –les preguntó acercándose a ellos.
- ¡Pues claro! –dijeron los tres a la vez.
La bandera les envolvió a los tres durante unos segundos y después salió volando hacia su mástil. Los niños la miraron y le dijeron adiós con la mano.
Tal y como les había dicho, empezaron a caminar. Al cabo del rato Oneles apareció detrás de ellos y los llamó.
- ¿Os ha gustado el paseo? –les preguntó.
- Si, ha sido divertido y hemos aprendido mucho, pero estamos cansados y tenemos mucho sueño –le contestó Pablo.
- Vuestro viaje está terminando, mirad allí –les dijo señalando un claro del bosque.
Unos bonitos toboganes, como el que les llevó allí, parecía que estaban suspendidos en el aire. Y echaron a correr hacia ellos.
Oneles rió divertido.
- Adiós, niños, adiós, –les dijo agitando la mano.
Pero ni tan siquiera lo oyeron.
- Vamos, –les dijo Pablo a sus amigos–, subiremos los tres en el mismo como hicimos cuando vinimos.
Cuando estaban arriba de la escalera, los tres al mismo tiempo se dejaron caer divertidos, era el tobogán más grande que habían visto nunca.
Y entre risas, cayeron justo al lado de la Roca.
- ¡Hombre! ¡Nuestra amiga Barni! –dijo Elena en cuanto la vio.
- ¡Viva! ¡Viva! ¡Estamos en casa! –gritaron todos a la vez.
- Madre mía, qué cansada estoy, vamos a sentarnos un rato antes de ir a casa –dijo Elena.
Los tres se apoyaron en La Roca para descansar.
Al cabo del rato Pablo exclamó:
- ¡Madre mía! ¡Es casi de noche! ¡Eh! ¡Vamos! ¡Despertad! ¡Nos hemos quedado dormidos!
Carlos y Elena se miraron y miraron a Pablo sin saber dónde estaban.
- ¡Dios mío! ¡Es verdad! ¡Nos hemos quedado dormidos cuando hemos venido del colegio a ver La Roca y está anocheciendo! –dijo asustada Elena.
- Entonces, todo ha sido un sueño…
- Yo he soñado con una bandera que hablaba, –dijo Carlos.
- Y yo con una Constitución Española que nos llevaba volando, –dijo Pablo.
- Y yo con unos toboganes muy divertidos. ¡No es posible que todos hayamos soñado lo mismo! –dijo Elena.
- ¿Qué más da?... Lo importante es que estamos en casa. Habrá sido casualidad, lo importante es que ahora sé que La Constitución española es una ley
- Si, pero ¡la más importante de todas!
- Y que allí dice que… –intentó decir Elena.
- Deja, deja, no lo repitas otra vez, que ya lo sabemos todo, –le dijo riendo Carlos.
- ¿Echamos una carrerita? –preguntó Pablo.
Y antes de acabar de decirlo, echó a correr.
-¡Eh! ¡Eso es trampa! ¡Espéranos! –gritó Elena echando a correr.
La Roca quedó silenciosa en medio de la noche, tan sólo un suave resplandor iluminó por unos instantes la oscuridad.


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